Sinopsis


 

Cumplí con mi compromiso de obediencia, dado por las máximas: “el que obedece nunca se equivoca” y “la obediencia es la columna vertebral del sodálite”.

Siempre me he caracterizado por ser fuerte y me mantuve fuerte en el propósito de obedecer y cumplir con mi compromiso sabiendo que ya no quería seguir más en la comunidad. Sin embargo, mi “obediencia” a mis superiores me llevó a colapsar y hacerme daño.

Durante el tiempo que estuve forzándome a obedecer y seguir en la comunidad aunque no lo deseaba, que fueron alrededor de dos años, mi cuerpo somatizó dicha experiencia de sufrimiento y desarrollé síntomas como reflujo gástrico, tendinitis tensional, perdida de peso y ataques de ansiedad.

Me estaba rompiendo, y eso hizo que cometiera actos buscando transgredir dicho sometimiento y abuso de autoridad que me era impuesto. Ya lo había buscado hacer en mi experiencia comunitaria en Costa Rica, que fue donde empecé a querer salirme de la comunidad, entrando a internet a mirar pornografía, de hecho, lo continué haciendo cuando pude en Lima, al tener acceso a internet. Sin embargo, no fue suficiente para que al comunicar ello a mis instancias estas me dieran de baja, y más bien mi director espiritual me advertía que ello iba a hacerme retroceder en mi proceso impidiendo tener más claridad respecto a “lo que Dios quería para mí”, ósea que iba a tener que permanecer más tiempo esperando que me autorizaran retirarme de la comunidad si seguía “tanteando” de esa manera con actos que atentaban contra mi pureza. Me estaba ahogando.

Ya fuera de mí y desesperado, angustiado por la situación, sintiéndome relegado y estorbando más bien a los miembros de la comunidad que “sí estaban comprometidos con su santidad” es que busco hacerme daño en la rutina de los “chapuzones” que consistía en lanzarnos al mar varias veces al día para “limpiarnos” y que se hacía desde un muelle afuera de la casa de formación. Sin embargo, yo solicité permiso para hacerlo desde “la roca” que era un acantilado cerca de dicho muelle de alrededor de 10 metros de altura. Es así que empecé a hacerlo con frecuencia y al caer al agua me buscaba dañar, sin ser muy conciente de lo que buscaba hacer realmente. No quería realmente hacerme daño, pero de alguna manera intentaba hacerlo para escapar del abuso que venía recibiendo al ser privado de mi derecho a ejercer mi libertad partiendo de mi deseo de no seguir viviendo en la comunidad, y también llamar la atención de mis compañeros para que pusieran sobre alerta a mis instancias y pudieran finalmente aceptar mi voluntad y darme la autorización de poder salir de la comunidad .

Es finalmente un acto contra mi pureza que culmina esta agónica espera el que lleva a mis instancias a proceder a “ayudarme” a poder salir de la comunidad. El superior del centro de formación me “dicta” lo que debo escribir en la carta donde solicito mi salida y agradezco la bendición de haber sido miembro de la comunidad. Y a partir de allí es que logro salir por la “puerta grande” como me dijeron alguna vez. Y al salir me toca el reto de empezar de cero, retomar estudios, buscar trabajo y hacerme cargo de mi vida emocional en un mundo que me resultaba nuevo.  No tuve controles médicos al salir ni recibí apoyo económico por parte de la institución, simplemente tuve que hacerme cargo de la mejor manera por mí mismo y con el apoyo de mi familia. Durante esos años comencé a experimentar dolor físico pero no lo relacioné con lo vivido en esos episodios ni los recordaba siquiera. Es después de algunos años de haber recibido mi primera operación a la columna y previamente a recibir mi segunda operación que recuerdo claramente los episodios de los clavados y entiendo que la coyuntura de abuso de autoridad generó la exposición a dicho daño que actualmente me lleva a vivir con problemas de salud y dolor crónico de por vida.

Comentarios