Las utopías no existen



 

Sentado en mi pupitre escuché que decían mi nombre:

-          Por favor, vente un momento- me dijo el psicólogo, desde el marco de la puerta, sin terminar de ingresar al salón de clases. La profesora me miró como invitándome a salir.

-          Cuéntame ¿Cómo estás? – Me preguntó el psicólogo mientras me acercaba una silla.

-          Bien

-          Y ¿qué tal con tus compañeros? Me dicen que no hablas mucho…

-          Mm, sí. A veces no me provoca hablar mucho- repuse.

-          Ok, ok. Y ¿qué tal con tu familia? ¿Todo bien?

-          Supongo que sí. Tal vez.

-          Cuéntame un poco…

Meses atrás mi padre había sido internando en un hospital psiquiátrico, sin éxito. Mi padre fue "dado de alta" al día siguiente.

Los problemas de mis padres me tenían mudo, mi acto de rebelión frente a los disimulos que hacían pensar a los demás "que todo estaba bien" era no hablar, era permanecer callado, era muy pesado sacarme ese dolor, no podía hablar porque sentía que nadie me entendería... cuando nuevamente conecté con la pregunta del psicólogo, y tratando de mirarlo, interpuse:

 -          Para mí una familia normal es una utopía.

 -          ¿Una utopía? - dijo sorprendido- ¿Utopía?- luego sonrío, con una sonrisa burlona que hasta ahora recuerdo, la cual reveló su dentadura entre su espeso bigote. Un hálito de su aliento pesado se dejó percibir- ¿Por qué hablas con palabras así, rebuscadas? ¿Te gusta llamar la atención? ¿Cierto

Ya no recuerdo más, simplemente apagó la confianza y no pude contarle mis problemas familiares. Y de esa manera, pudiendo ayudarme, y darme las herramientas de cuidado emocional que necesitaba, me dejó a la deriva.

Años después mi padre finalmente fue internado en una clínica mental y recibió tratamiento psiquiátrico para su enfermedad, y yo vulnerable por años de padecimiento de problemas familiares fui recibido como miembro de la comunidad del sodalicio a entregarme a una vocación consagrada a la vida religiosa por "voluntad propia".

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